domingo, 22 de octubre de 2017

Bar Montecarlo (Silla) Valencia (20-10-2017)






            Las hojas de los árboles cambiaban de color y, lentamente, iban cayendo sobre las aceras en esa tibia mañana otoñal en la ciudad de Valencia, cuando Los Dalton Buidaolles se desplazaban a la ciudad-dormitorio de Silla, en la mañana del viernes 20 de octubre, para degustar su habitual esmorzaret.


            Silla, un municipio de la Huerta Sur de Valencia, un nombre cuya toponimia nada tiene que ver con el sentido literal de su expresión en castellano, pues su origen árabe de alquería nos indica que puede proceder de la palabra “suhayla”, que significa “llanita”. Otra interpretación de origen latino nos indica su procedencia de la palabra “cella” (silo, depósito, almacén o celda), por ser un lugar cercano a la ciudad donde se almacenaban vinos o aceites. Sin embargo, más recientemente se apuesta por una traducción del valenciano de “sa illa” (la isla), por estar en un istmo de la misma albufera.
            Como monumento más importante e histórico, podemos encontrar una torre adosada al edificio del Ayuntamiento, restos de lo que fue en su día un castillo o fortificación, cuyo origen es musulmán, pero sometida a diversas reformas durante la reconquista. 


            El hecho de estar tan cerca de la gran ciudad ha dado pie a que Silla se convierta en una ciudad-dormitorio, donde la vivienda resulta mucho más asequible. Sin embargo, también son muchas las personas de la capital que trabajan en Silla, no en vano es una de las zonas más industrializadas, formando parte del cinturón industrial de Valencia. Su economía, en la actualidad, está sustentada por el sector industrial y el terciario, no obstante, la agricultura – fundamentalmente el arroz – mantiene gran importancia en una zona que, durante tantos años, ha vivido de esa fuente de riqueza proporcionada por La Albufera. 


            El Bar Montecarlo de la Avenida de Alicante, 96, de Silla, es un establecimiento que ofrece almuerzos, pero que cuenta con una carta un tanto limitada. Lo mejor que se puede decir de él es el trato y buen servicio que se recibe. Sin embargo, está a años luz de la diversidad que otros establecimientos ofrecen en almuerzos o tapas. Además, se trata de un local pequeño y poco apto para niños o personas con problemas de movilidad. Una anécdota que cabe destacar es el hecho de que, ese día, uno los bocadillos por el que más se interesaron Los Buidaolles fue el de esgarraet con queso fresco. El esgarraet – como de todos es sabido – es una ensalada de pimientos asados, bacalao, ajos y aceite; siendo ese su nombre debido al procedimiento de elaboración, que consiste en desgarrar el bacalao en salazón y los pimientos rojos a tiras. En algunas zonas de la Comunidad Valenciana se le suele poner berenjena y también aceitunas; pero el bacalao es fundamental, de lo contrario, no dejaría de ser una simple ensalada de pimientos rojos. Cuál sería la sorpresa de los expectantes Buidaolles que pidieron este sano y genuino bocadillo, cuando observaron que el bacalao brillaba por su ausencia. En su lugar aparecían unas tiras de cebolla frita, estratégicamente colocadas para dar la apariencia de bacalao, pero no eran bacalao. No obstante, después de comunicárselo a la solícita camarera, ésta apareció con un plato de bacalao en aceite, lo cual sirvió de desagravio.


            Todo esto en un día en el que “hartos ya de estar hartos” de tantos comentarios y debates políticos sobre el tema catalán, Los Dalton Buidaolles hablan en su tertulia de las personas que llegan al insulto por el simple hecho de no pensar como ellas, no admitiendo otras opiniones ni discrepancias.  También se hablo de ópera; pues alguno de los presentes mostró un vídeo en el que un coro de negros, en lugar de cantar góspel, cantaba La Traviata; algo inusual, pero con una calidad fuera de lo común. El poder escuchar esas timbradas y engoladas voces de la formación mixta, ofrecía el toque cultural del día y proporcionaba otro de los placeres que no entran por la boca.


            El embarcadero del canal de La Albufera es lo que le da carácter a una localidad que se resiste a perder su origen huertano de humedales; eso que durante tantos años ha dado vida a la comarca. Aquí los campos son desecados por potentes motores cercanos a las plantaciones de arroz, en los momentos en que la cosecha ha de recogerse. Del mismo modo se utilizan también para volver a inundar los campos cuando el cultivo está creciendo. En estos momentos del otoño, los agricultores y pescadores se afanan en preparar sus embarcaciones, fortaleciendo su casco con alquitrán y dándoles colorido con esa nueva capa de pintura que las distingue e identifica. Un lugar de obligada visita después del almuerzo de Los Dalton Buidaolles, un gratuito placer para el resto de los sentidos que, una vez más, contribuía a festejar la llegada del fin de semana.
José González Fernández

domingo, 8 de octubre de 2017

Bodega La Pascuala, El Cabañal, Valencia (06-10-2017)




            Igual que las estaciones precedentes de este 2017, el caldeado otoño registraba las temperaturas más altas de las últimas décadas; hasta tal punto, que su nombre estaba perdiendo identidad, para pasar a ser llamado “veroño”. 

            Tan caldeado el clima atmosférico, como el de las tertulias virtuales – de redes sociales -, y presenciales – en los almuerzos y desayunos de los bares de toda España-. La agitación social, por momentos, se convertía en indignación: por una parte, de aquellos que entendían que se les privaba de su derecho a decidir, por otra, de quienes entendían que la población que reside en un determinado territorio, no puede estar por encima de la ley que ampara a todo un estado. 

            La resaca del simulacro electoral, que se había celebrado el día uno de octubre en Cataluña, continuaba con efervescencia, llegando fuera de nuestras fronteras, donde los foros políticos no siempre coincidían con los periodísticos, donde los lobbies o grupos de presión extranjeros – quien sabe si “untados” por el gobierno catalán -, exageraban una violencia policial inexistente.

            Aquella mañana del viernes seis de octubre, la noticia era “La huída”. Pero no la de Sam Peckinpah, ni tampoco se trataba de ningún thriller en el que se intentara aterrorizar a los pacíficos catalanes con el fin de que reconsideraran su actitud, no. Aquí no existía la escenificación; como en el caso de la aireada violencia, atribuida a la guardia civil “opresora”. Aquí estábamos ante una auténtica desbandada de empresas que huían de Cataluña para establecerse en otras capitales de provincia españolas. 

            Este tema era el que ocupaba la tertulia durante todo el almuerzo de Los Dalton Buidaolles en Bodega La Pascuala, en la calle del Doctor Lluch, 299, del barrio de El Cabañal, zona visitada en reiteradas ocasiones, debido a su gran número de establecimientos con solera y tradición de almuerzo. Cuando hacía ya casi un año que frecuentaron este mismo establecimiento, aunque esta vez en sus nuevas instalaciones a no mucha distancia del edificio antiguo, pero en otra calle distinta. Un local no más grande que el antiguo, pero con nuevas instalaciones y decoración. Sin embargo, el nuevo aire de cervecería alemana, le ha quitado el encanto de aquel local que rezumaba el sabor añejo de la taberna otrora frecuentada por viejos lobos de mar.

El público que frecuenta en estos tiempos Bodega La Pascuala es muy variopinto: desde obreros de la construcción hasta ejecutivos de empresa, acuden a este popular y famoso establecimiento conocido ya en todos los medios de comunicación local. 
 
¿Pero guarda relación la fama que tiene el local con la calidad en sus productos, de su servicio, de su confort, de su  decoración, de su precio…? Puede decirse que en Valencia hay muchos locales de almuerzo que igualan o superan a este, no obstante, la fama y el prestigio que ha cosechado a lo largo de los años, dan lugar a que, a las diez de la mañana, el local esté repleto de gente y haya que esperar una media hora para coger mesa. Esa masificación que hace que aumente el nivel de ruido y que las conversaciones sean inaudibles.   No obstante, Bodega La Pascuala sigue siendo uno de esos locales donde se almuerza a lo grande. Tan grande como estos bocadillos de más de 50 centímetros repletos de buey, beicon, jamón, queso, tomate… difíciles de meter entre pecho y espalda, recurriendo al papel de aluminio, facilitado por la atenta y solícita camarera,  y guardar el sobrante para llevar a casa.


El nuevo local aún conserva algunos vestigios en su decoración en aquello que le dio su prestigio y esplendor, algunas antigüedades a modo de reliquia, pero que no combinan muy bien con otros elementos de sus nuevas instalaciones, que rompen con esa añoranza de su glorioso pasado. Es una pena que muchos de estos establecimientos, por adaptarlos al confort y a las tendencias vanguardistas, pierdan su encanto y, con ello, una parte importante de la cultura de una zona de la ciudad. En este sentido, se debería aprender de la ciudad de Lisboa, cuya fama se la da el hecho de haber sabido conservar intactos este tipo de locales; con su decoración y costumbres a lo largo de los siglos. 

            Aunque algo en positivo podemos destacar de Bodega La pascuala, y es el recipiente en el que suelen servir el vino o la cerveza, ese porrón o “barral” – como se denomina en Valencia – que hace que pierdas el control de lo que bebes y de dónde cae la última gota. Una pena que no se sigan conservando más costumbres similares en este y otros establecimientos de la ciudad, pues forman parte de sus señas de identidad. 

            Todo ello en una mañana soleada, una más de las que seguía ofreciendo este “veroño”;  para pasear por las arenas de la cercana playa o, simplemente, para reunirse cerca de ella y, como cada viernes, debatir, charlar, reír… y vivir ese  epicúreo momento. Un deleite que premia toda una semana de obligaciones laborales de este grupo de compañeros y amigos. 

José González Fernández

domingo, 1 de octubre de 2017

Bar Patraix, Plaza de Patraix, Valencia (29-09-2017)



El veranillo de San Miguel, como cada año, llegaba tibio y acariciante en las mañanas levantinas, coadyuvando a la pertinaz sequía arrastrada del seco y caluroso estío, sin que las precipitaciones atmosféricas en los días previos fueran suficientes para calmar la sed de una tierra que se resquebrajaba por algunas latitudes. 

Precipitaciones, sin embargo, abundantes en el terreno socio-político por parte de quienes intentaban llevar a la población catalana hacia la persecución de un fantasma, una entelequia de estado que nunca existió, consiguiendo imbuir a una parte de la población en la épica y, al mismo tiempo, en el maniqueísmo que fomenta el odio y que resquebraja también –esta vez en sentido figurado– una tierra que ha estado unida, a pesar de que una minoría a lo largo de la historia ha intentado siempre dividir y segregar.

Estos y otros temas surgieron en la mañana del viernes 29 de septiembre; previa a los acontecimientos del referéndum ilegal que se iba a celebrar en Cataluña en pro de su independencia, el día en que Los Dalton Buidaolles se reúnen de nuevo para almorzar en el Bar Patraix, en la plaza de Patraix, 12. Un bar que figura en una plaza en forma de polígono irregular de lo que hoy día es un gran barrio y distrito de Valencia y en lo que en otra época fue municipio, e incluso cabeza de partido judicial. No en vano, así se hace constar en una placa conmemorativa del nacimiento del Rey Jaime I, que figura en la misma plaza junto al Bar. En ella se explica el origen de Alquería denominada Petraher, derivando posteriormente su nombre a la actual Patraix. Situada en el suroeste de la Ciudad, la plaza de Patraix y las construcciones aledañas que la forman, sobrevive a pesar de los embates especuladores de las empresas constructoras, que en época “del ladrillo” la intentaron transformar. De hecho, podemos observar la anarquía de sus edificios, en la que contrastan los bloques de pisos de mediana altura con casas adosadas al estilo de pueblo; y con alguna alquería, conservada cual reliquia,  convertida en negocio hostelero.


El Bar Patraix es un establecimiento que cuenta con un local espacioso y con una terraza exterior de carpa que da a la amplia plaza. Los Buidaolles prefirieron, como de costumbre, entrar al interior; pues la temperatura de ese cálido día aumentaba considerablemente con el efecto invernadero que se suele producir bajo la carpa. Un interior que no aporta nada en estilo ni en confort; seguramente habrán transcurrido décadas sin apenas un cambio en su estética. Ni siquiera las vigas del techo son reales, pues, imitando a madera vieja, forman ese trampantojo de corcho pintado, que no deja de darle al local un aspecto cutre e impersonal, sin llegar a representar a un bar moderno ni a las tabernas que en otra época pudo haber en la zona. 

En cuanto a sus productos, tampoco se puede decir que el Bar Patraix destaque por su calidad y variedad: pan poco reciente, sin llegar a ser correoso ni duro; frituras escasas; pocas guarniciones y un tanto desabridas… Como algo distinto a lo que otros establecimientos ofrecen, podemos destacar las albóndigas en salsa. También ofrece algo de bollería, para quien quiera desayunar en lugar de almorzar. En
cuanto al precio, se puede decir que este es aceptable

Todo esto, en una mañana en la que era recurrente hablar en la tertulia del conflicto catalán, pues a pesar de que siempre se evita tratar temas de política y de religión, con el fin de no herir sensibilidades, y que un momento de relax llegue a convertirse en otro de tensión, la preocupación de todos era tanta, que, entre las risas, por las anécdotas contadas, y los lamentos, por el cariz que estaban tomando los acontecimientos, resultó inevitable no entrar en este espinoso asunto que tantos distanciamientos está originando.

            Pero también se habló de la actuación del día anterior de los incombustibles Rolling Stones, lo que constituía ya su concierto número 22 en suelo español, esta vez en Barcelona. Y siempre esperando que no sea la última, aunque debido a sus edades, ya sería un lujo si volvieran de nuevo.

            En una semana en la que Hugh Marston Hefner nos abandonaba. El personaje carismático e icono de la revolución sexual, precursor del erotismo y patriarca del imperio Playboy, nos dejaba a los 91 años de edad.

            También se estuvo hablando de la dudosa calidad de las aguas de Valencia y de la necesidad de poner algún descalcificador doméstico.

            Debates, anécdotas y risas son la mejor terapia para superar todo tipo de conflictos en armonía y buen humor.


José González Fernández

domingo, 24 de septiembre de 2017

Asador Ca ' Llacer, La Torre, Valencia (22-09-2017)






  Volvía otra vez ese día en el que el tiempo de luz iguala al tiempo de tinieblas, o, dicho de otra manera, la noche era igual que el día. Pero ahora en el equinoccio de otoño, en el que se deja notar el fresco de las mañanas y los tibios atardeceres. 

     Justo el viernes en el que Los Dalton Buidaolles visitan un nuevo establecimiento de La Torre, una pedanía perteneciente a Los Poblados Sur de Valencia.  Una zona en la que ya habían estado en anteriores ocasiones, debido al importante número de establecimientos que ofrecen calidad y variedad en sus ofertas gastronómicas. 

    La barriada o pedanía de La Torre, se asienta junto al histórico Camino Real de Madrid, y le da nombre el edificio de una antigua alquería fortificada de cuatro plantas, cuyo origen data del siglo XIV. 

    Actualme
nte se ha convertido en el patio trasero de la ciudad de Valencia, para ubicar en su entorno todo tipo de infraestructuras megalómanas a costa del detrimento de la propia huerta y del paisaje rural, gradualmente absorbido por la gran urbe, aislada por una gran maraña de vías portuarias, ferrocarril, cauce del río Turia… Una zona que, como otras, se sacrificó en la Dictadura Franquista en pro de ese proyecto ya referido en anteriores capítulos. Durante los años ochenta, al igual que ocurrió con otras barriadas marginales, este lugar fue asediado por el problema del paro, de la droga y la delincuencia. Aunque la tasa de paro aún sigue siendo de las más altas de la comarca; la delincuencia y el tráfico de droga, sin llegar a desaparecer, sí se han minimizado, gracias al trabajo y a la denuncia de las asociaciones de vecinos.

    El proyecto Sociópolis, intentó integrar el barrio en la ciudad, dotando al lugar de instalaciones deportivas a la vez que se impulsaba la construcción de 2.800 viviendas de protección oficial. Sin embargo, la explosión de la burbuja inmobiliaria ha frustrado, en parte, el ambicioso proyecto, presentando ahora una imagen de ciudad fantasma anexa al maltratado barrio. Toda esta maniobra especulativa ha degradado la huerta y, por el momento, las instalaciones deportivas brillan por su ausencia. 

    Al abrigo de esa ciudad fantasma, y en lo que es una antigua construcción de vivienda huertana, surge el Asador Ca’ Llacer un establecimiento que cuenta con unas instalaciones de gran calidad, tanto en el interior como en el exterior del mismo. No obstante, no se puede opinar del mismo modo de su servicio, de la calidad de sus productos y, como consecuencia, de su precio. Llaman la atención la gran cocina con el imponente asador como atractivo especi  Además, el precio del almuerzo es mucho más caro que el de otros locales de la misma zona.
al. Sin embargo, el servicio es lento y malo; se manifiesta la carencia de las mínimas habilidades sociales requeridas para este tipo de negocios: errores en los platos servidos, en el cálculo de la cuenta y devolución del cambio, malas caras o trato poco amigable… es lo que podemos observar a simple vista en este local. Es como si sus recursos humanos procedieran de otro sector de la producción, sin la más mínima formación en hostelería. Es como si se hubieran caído del andamio de una de las obras inacabadas de la zona, yendo a parar directamente al Asador Ca’Llacer.

     Lo mejor que Los Buidaoles pudieron saborear fue la habitual tertulia en torno a una mesa redonda, lo cual facilitaba la conversación mirándose todos a la cara y, como de costumbre, compartiendo risas y conversaciones; esta vez con lenguajes oral y gestual. Mesa redonda para brindar con una fría cerveza por el fin de semana que, para algunos, ya estaba comenzando.

     Una mañana en la que los temas recurrentes eran las anécdotas sobre el comienzo del curso; del alumnado que a cada cual le había tocado en suerte y del nuevo profesorado que, como cada año por estas fechas, llega al Instituto.

   
Y todo en un viernes más en el que un grupo de compañeros, y sin embargo amigos, se dan cita para vivir ese pequeño instante de la vida… ese que, como tantos otros como este, te proporciona la verdadera y auténtica felicidad.

José González Fernández


domingo, 17 de septiembre de 2017

Bodega-Bar Flor, “El Cabañal” Valencia (15-09-2017)








        Por fin llega a nuestra ciudad esa brisa de la fresca mañana que te invita a pasear percibiendo el aroma que flota en el aire; cuando empiezan a caer las primeras gotas de lluvia después de un duro y seco estío. El olor que nos transportaba a otro tiempo, a otros lugares... algo que nos anunciaba la cercanía del deseado otoño.

       El aire de poniente transportaba desde el interior los cirrocúmulos que cubrían el cielo de la ciudad del Turia, cuando Los Dalton Buidaolles se dirigían al barrio de El Cabañal a cumplir con su costumbre semanal. Este viernes tocaba la Bodega Bar Flor, en la calle Martí Grajales, 21, frente a uno de los mercados de abastos más importantes de la ciudad.  El mercado de lo que en su día fue un poblado pesquero; ahora un barrio que, como ya comentamos en capítulos anteriores, estuvo a punto de ser demolido. La calle Martí Grajales se identifica más con la gran ciudad que con el propio barrio, tal vez por su anchura y sus construcciones, tal vez por la tipología de su población; probablemente de un nivel económico algo superior a la de las angostas callejuelas de ruinosas viviendas. Un barrio, en su día, condenado a muerte por inanición, pero que ni los políticos ni los especuladores inmobiliarios consiguieron acabar con su vida: sus costumbres, sus tradiciones… su cultura. Una cultura ancestral que se encuentra reflejada en la propia Bodega Bar Flor; fundada en 1893 por José Flor, como puede leerse en su vetusto botellero. Aquí; al igual que en tantos otros bares, bodegas, tabernas o mesones del barrio, se está revitalizando el tradicional esmorzaret. 

     
  En este establecimiento se pueden degustar una importante variedad de productos, en especial los frutos del mar, dada su proximidad al litoral y al propio mercado. Una curiosidad, que le distingue de otros locales, es la forma de servir el bocadillo, liado en una servilleta blanca de papel, algo que recuerda, a los más mayores, aquellas naranjas que también vendían envueltas cual producto de regalo. No obstante, si hubiera que destacar algún aspecto negativo, tendríamos que hablar del precio: sin llegar a ser elevado, es superior al de otros establecimientos de la zona que lo ajustan a las situaciones de crisis y nivel económico de sus residentes. También es técnicamente mejorable el cremaet, pues daba toda la impresión que este había sido recalentado; cuando, en realidad, la calidad del producto se potencia al tomarlo inmediatamente después de ser quemado el alcohol en el propio vaso.

     Una mañana en la que el principal tema de conversación fue el suceso ocurrido en Ruzafa: Un psicópata asesino se da cita con su víctima – un peluquero - a través de una de esas aplicaciones de encuentros amorosos. En la vivienda, que el ex presidiario de origen sueco tenía alquilada en la fallera calle Sueca, es donde este da muerte a su víctima, descuartizando su cuerpo y transportándolo en maletas hasta diversos contenedores de basura. Al día siguiente, cuando la policía se dirigió a su domicilio, al pedirle que se identificara, este sacó un cuchillo y se lo clavó en el corazón a uno de los dos policías, momento en que el otro agente, con su arma reglamentaria, abatió a tiros al agresor en el mismo portal de su finca.

     
Este y otros temas son objeto de tertulia en la templada mañana de un mes septiembre, en el que se inicia el año escolar que supone la puesta a cero del contador ocupacional, tanto para alumnos como para profesores. Un mes en el que comienzan a desnudarse los árboles, a taparse las piernas de los hombres y los escotes de las mujeres. Pero como casi todos los años, el verano volverá a dar sus últimos coletazos allá por San Miguel, en el que serán frecuentadas de nuevo las playas de esta cálida y luminosa ciudad.

José González Fernández

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Bar- Restaurante Casa Cent-Duros, Borbotò. (08/09/2017)



Pasan los días, las semanas y los meses… pasa la vida. A punto ya de pasar también ese tórrido verano; asfixiante en el aspecto climatológico, inquietante en el terreno político-social, Los Dalton Buidaolles, con nuevo logotipo, vuelven al ataque para iniciar el curso académico con energías renovadas y sin que el peso de los años se deje notar en sus cabezas, aunque deberíamos decir en el interior de las mismas, ya que en el exterior casi todos peinan canas.

Las tensiones internacionales entre Corea del Norte y Estados Unidos siembran la preocupación en todo el mundo y amenazan la paz. Una paz inexistente, cuando los focos de conflicto bélico cada día son mayores en oriente medio y en los países árabes. Una paz embargada, cuando los atentados yihadistas llegan hasta Europa; como es el caso de lo ocurrido en las ramblas de Barcelona en el mes de agosto.
Pero como la vida debe seguir, Los Buidaolles preparan con alegría y buen humor el nuevo curso académico y, fieles a su ya arraigada tradición, visitan un nuevo templo gastronómico, esta vez el Bar- Restaurante Casa Cent Duros, en la localidad de Borbotó, en la calle Masarrochos, 10, a unos pocos kilómetros al norte de la ciudad, siguiendo el camino de Moncada.  El nombre de este local puede tener su origen de cuando aún se pagaba en pesetas: cien duros equivalían a quinientas pesetas, lo que sería igual a tres euros de hoy día. Sin embargo, en la actualidad el almuerzo, con cremaet incluido, supone unos cinco euros, aunque este precio puede aumentar si se elige para el bocadillo algunas viandas más selectas.


La pedanía de Borbotó fue municipio hasta finales del siglo XIX en el que pasó a ser una aldea de Valencia. Sus orígenes se remontan al siglo XIII en el que se crea una alquería andalusí, tomada por Jaime I de Aragón en
la conquista de Valencia.

El paisaje huertano permite relajar la mirada y, a pocos kilómetros de la gran ciudad, meterse de lleno en el ambiente rural puede ser una respuesta al estrés y a las prisas.  En Casa Cent Duros el tiempo parece no haber transcurrido. No. No exageraba Juan Echanove – famoso actor y buen crítico gastronómico - cuando decía que, todos los días, más de trescientas personas frecuentan
el local para degustar el típico almuerzo valenciano; de hecho, Los Buidaolles esperaron más de treinta minutos hasta que quedó libre una mesa junto a la que tomar asiento. La tortilla de cebolla, las croquetas de bacalao, los calamares con pimientos o habas tiernas, la sangre encebollada… forman parte de su diversificada oferta.
Especial mención requiere aquí también el cremaet, que, a pesar de lo que muchos piensen, no tiene gran contenido alcohólico, ya que la función de quemar durante unos segundos el ron que contiene, le baja la graduación, consiguiendo así un combinado perfecto con el café, la canela, el azúcar y el limón. En este local le dan un toque de distinción, al ponerle unos granos de café flotando en el vaso. Una bebida, autóctona de la Comunidad Valenciana, que no llega a ser tan conocida como la paella, pero que va camino de serlo.


Los Dalton Buidaolles, con aspecto deportivo
y veraniego aún, disfrutan de la tertulia y rememoran sus andanzas por las Sierras de Segura y Cazorla, cuando en el abrasador mes de julio, un importante número de ellos, estuvieron deleitándose con esa otra afición para ellos, cual es la música. El blues y la gastronomía tradicional de la zona se dieron cita en el epicúreo encuentro en las prebéticas sierras de Jaén, en el multitudinario festival de blues de Cazorla.

Y todo en un día en el que, además, celebraban el hecho de que uno de Los Buidaolles acababa de ser abuelo por primera vez.


José González Fernández